—Quiero que me des otro beso... ahora anda... anda a jugar... nena mía... corre.

Y Marcelita se fue corriendo.

Cuando desapareció, el artista, cuyo carácter era firme cual la roca, enjugó, sin embargo, una lágrima. Después se levantó, tomó su paleta y púsose a pintar.

Al día siguiente experimentó la sorpresa de ver a Calvat entrar en el taller.

—¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?—le preguntó con amenazadora gravedad.

—Querido—respondió Calvat en tono de sumisión—, he consultado con la almohada... vengo a presentarte mis excusas... No estaba ayer ebrio como me dijiste un poco rudamente, y aun añado que no falté a la verdad... Pero he hecho mal, convengo, en venir a repetirte un cuento de niño que debió afectarte profundamente, y que podía ser, que era seguramente, un embuste. He reflexionado y estoy persuadido de que Marcelita ha inventado la historia que me contó. Los niños, tú lo sabes, son grandes embusteros, y sus invenciones tienen con frecuencia ese aire de malicia socarrona y de falsa inocencia que es fácil de advertir en la broma de tu hija... Con más, que nada se adelantaría con interrogarla... porque, en ese caso, sostenga la niña su mentira o la retire, se queda uno como estaba... Por consecuencia, me parece lo mejor pasar por alto la falta de la niña, olvidar mi exceso de celo... bastante comprensible, por otra parte... y darme la mano.

La justificación alegada por Calvat no dejaba de ser fundada, y, además, llevaba al alma atormentada del pintor algunos fulgores de bonanza.

—¡Bueno, pase!... pero te prevengo que en lo sucesivo no quiero oír ni una sola palabra reticente acerca de mi mujer... ¡ya lo sabes!

Sin embargo, desde el día que la duda se posó en su espíritu, no pudo Jacques, por grande que fuera su imperio sobre sí mismo, impedir que algo traslucieran Beatriz y Pedro de la obsesión que lo atribulaba, y se penetraron de que eran objeto de una tal vez involuntaria vigilancia; resolvieron, pues, de común acuerdo, hacer aún más raras sus entrevistas íntimas, y obstáculos tales puestos a su pasión, dieron por resultado que ésta se hiciera todavía más imperiosa, más absorbente. Jamás llegaron a verse fuera de la quinta de Bellevue, porque Beatriz opuso una resistencia invencible a todas las combinaciones que Pierrepont le presentó para facilitar sus citas a solas. ¡Era culpable, es cierto! pero aun en su falta conservaba esa elevación de alma que desprecia los ruines expedientes de la galantería vulgar, y excepcional hubiese sido que en las condiciones de existencia que les habían creado los acontecimientos, no hubieran buscado para suplir a sus habladas ternuras el medio fatal de escribirse. Con este error contaba Calvat.

Como el lector habrá previsto, no afectó aquel villano el arrepentimiento de su delación, y no se excusó con Fabrice sino para procurarse de nuevo entrada en la casa y vigilar más de cerca a aquella que había resuelto perder. Calvat era un infame, pero no era un tonto, y poseía, sobre todo, esos rastreros gustos de polizonte que son casi siempre sintomáticos en los bohemios de su cuño. Ya antes que Marcela le hubiese dirigido la terrible interrogación, terrible en su candor mismo, que el adocenado aprendiz apresuróse a llevar a su cuñado, había aquél entrevisto, con esa malignidad y esa penetración del odio, los lazos que unían al marqués con Beatriz, pero comprendió que se perdería a sí mismo si después de sus cuestiones con el pintor no presentaba a éste en la ocasión primera la prueba irrefutable del delito.