—Lo he echado de mi casa.
—¡Bien hecho! aunque has tardado demasiado en hacer esa ejecución.
—Y, sin embargo, me ha turbado... esto no puedo decirlo sino a un antiguo amigo como tú lo eres... Sí, me ha turbado... Me ha dejado dudas...
—¿Dudas sobre una mujer como la tuya? ¡Vamos, Jacques, estás loco!
—Sí, ¿no es verdad?—replicó Fabrice—; tú la conoces bien... y aun antes que yo... Me responderías de su honor con el tuyo, ¿no es cierto?
—¡Absolutamente!
—Y harías bien... porque el tuyo y el suyo corren parejas...
Y poniendo la carta del marqués bajo la vista de éste:
—¡Lee!
Pierrepont retrocedió cual si delante de él se hubiese levantado un espectro. En seguida, tomando de sobre la mesa la pistola que acababa de colocar en ella y entregándola a Fabrice por el culatín: