—¡Mátame!—le dijo.

—No—replicó el pintor—, por lo menos no de esa manera.

Dio algunos pasos a lo largo del taller como para fijar sus ideas, después, volviéndose al marqués:

—¿Puedes, si quieres—le dijo—, explicarme algunos giros de tu carta cuya significación no alcanzo?... Invocas como excusas ciertas misteriosas circunstancias del pasado, ciertas fatalidades que pesaron sobre la señorita de Sardonne y tú... ¿Puedo saber a qué haces alusión?

Pierrepont relató brevemente lo que aconteciera en otros tiempos entre Beatriz y él, su recíproco amor, y cómo la señora de Montauron obligó por fuerza a la joven a rehusar la mano que él le ofrecía.

Después de una pausa de reflexión y de silencio, Fabrice le respondió:

—Tu sentimiento hacia la señorita de Sardonne te hará desear sin duda que este asunto se trate entre nosotros sin ruido, sin escándalo, a fin de evitar a ella una tacha de que yo deseo también ver a salvo mi nombre.

—Todo lo que me propongas con ese fin—respondió el marqués—, está aceptado de antemano.

—Un duelo con su acompañamiento ordinario de padrinos, etc., revelaría todo al público... Hace un momento me proponías que jugásemos una partida a la pistola... Acepto... Somos poco más o menos de la misma fuerza en esa arma... Aquel de nosotros que gane su vida... el que la pierda, pierde la existencia en el suicidio.

—¡Sea!... queda convenido—respondió Pedro.