—Cada uno de nosotros empeña su honor en que respetará esas condiciones.
—¡Queda convenido!—repitió Pedro.
—Ahora—continuó el pintor—, fuerza es que me resigne a hacer una súplica... Sé que esto es absolutamente incorrecto, y te ruego que me excuses. He aquí de qué se trata... Si me toca dejar a mi hija huérfana, no quisiera, al menos, dejarla sin recursos. Ahora bien, nada tengo, si se exceptúan cien mil francos que Nicholson me ha dado a cuenta por los recuadros, cantidad que, según convenio, tendría que devolverle si no termino mi trabajo... debe darme, además, el doble de aquella suma el día que entregue la obra concluída... No creo que podré acabarlos antes de cuatro meses... Te pido, pues, que si a mí me toca morir, me acuerdes ese plazo de que te he hablado... y no tengo necesidad de decirte que este convenio es recíproco.
Había en esta petición del desdichado artista algo tan conmovedor, que el marqués volvió la cabeza para ocultar la contracción casi convulsiva de su rostro.
—Será—dijo—como lo deseas.
El pintor guardó las pistolas en su caja y tomó algunos blancos.
—Conozco mucho estas armas. ¿Quieres que nos sirvamos de otras?
—¡Es inútil!—contestó Pedro—. Yo también he tirado frecuentemente con ellas. ¡Vamos!
Dejaron el taller y se dirigieron a esa avenida de los arrayanes de que tanto hemos hablado en el curso de nuestra narración. Recordará tal vez el lector que en uno de los extremos de la citada avenida existía una plancha de tiro: en frente, al lado opuesto, había un asiento rústico empotrado en la pared. Cuando Pierrepont y Fabrice se aproximaron a la placa para fijar los cartones, advirtieron a Beatriz sentada en el campestre banco: Beatriz trabajaba en su tapicería.
Los dos hombres cambiaron una mirada.