Uno y otro sabían que la avenida de los arrayanes era para Beatriz un lugar favorito de paseo y de retiro. Así, pues, no se sorprendieron de encontrarla allí, creyendo que únicamente la casualidad la había llevado a aquel sitio; pero su presencia durante la escena que se preparaba iba a dar a ésta un carácter trágico que impresionó vivamente a los dos, imponiéndoles al propio tiempo un disimulo de fisonomía y de lenguaje que en momentos semejantes era tan penoso como necesario.
Beatriz, sin embargo, sostenida por el horror mismo de la tremenda crisis y por la excesiva tensión nerviosa, continuaba trabajando en su bordado con gran calma aparente, devolviendo a Pierrepont con su sonrisa habitual el saludo de éste.
—Hermoso día—le dijo—, ¿no es verdad?
—Sí, un verdadero día de verano... Aprovechándolo, vamos a jugar Fabrice y yo un partido a la pistola.
—¡Ah! ¿cuál de los dos es más fuerte?
Pierrepont hizo un gesto de incertidumbre.
—Ahora vamos a verlo—respondió sonriendo.
Fabrice colocó en el banco, al lado de ella, la caja de caoba y un paquete de cartuchos.
Las armas de que iban a servirse eran pistolas Flobert, de gran calibre.
Los blancos o cartones de tiro estaban divididos, según práctica, en un número determinado de círculos concéntricos, desarrollándose alrededor de un punto mitad negro mitad blanco, punto que en el tecnicismo de los tiradores suele llamarse la mosca. La distancia de tiro era todo el largo de la avenida, es decir, veinticinco pasos próximamente. Delante de Beatriz, profundamente conmovida, bajo su aparente tranquilidad, acabaron los jugadores de fijar las bases de la partida.