Esta sería de siete disparos; el tiro era a voluntad; cada uno haría dos de aquéllos seguidos en las dos primeras entradas; en la tercera los disparos serían tres por cada lado sin solución de continuidad. Cada sector del blanco tocado por los tiradores daba a éstos el número de puntos determinados por el uso, número de puntos que, por otra parte, llevan siempre marcados los cartones. El círculo más lejano del centro, un punto; la mosca, siete.

Una moneda arrojada al aire indicó que Fabrice debía tirar el primero; rompió, pues, sus fuegos y alojó sus dos primeras balas en el interior del segundo círculo; Pierrepont, más inhábil esta vez, o menos dichoso, perdió una de sus balas en la plancha, la otra tocó el cartón. Este primer pase aseguraba, por consecuencia, cuatro puntos a Jacques y uno solo a Pierrepont.

—Me parece que me guardas consideración—dijo el pintor.

—De ningún modo—replicó Pedro.

Al segundo pase Fabrice metió sus dos balas en el tercer círculo. Pierrepont, después de aquél hizo dos y dos. Jacques tenía diez puntos contra cinco.

La tercera prueba le dio todavía una ventaja más considerable; con sus tres balas marcó doce puntos; tenía así veintidós contra cinco.

Pierrepont, cuya actitud revelaba una especie de descuido y desaliento, se preparaba a hacer sus tres últimos disparos; montaba su pistola, cuando un ligero rumor le hizo volver la cabeza y sus ojos encontraron los ojos de Beatriz, fijos en él con una expresión tal que aquella mirada penetró hasta sus huesos. El marqués comprendió instantáneamente cómo ella se daba cuenta de todo... todo lo sabía, y ese mirar desesperado, ardiente, suplicante, imperativo, lo conjuraba, lo exhortaba y le mandaba vivir y conservarse para ella. En momento alguno su sombría beldad tuvo poderes tales de fascinación. ¡Pedro se puso en el terreno, apuntó e hizo fuego! Con sus dos primeras balas atravesó el estrecho círculo negro que rodeaba el punto blanco central; su última bala se alojó en la mosca misma. Tenía, pues, veinticuatro puntos contra veintidós. Fabrice estaba condenado.

Y aun no se había disipado el humo del último disparo, cuando una estridente carcajada sonó en los oídos de los dos hombres estupefactos: Beatriz se había puesto de pie bruscamente, rígida, los ojos con expresión de espanto, abrasados por el siniestro relampaguear de la locura; balbuceó algunas palabras ininteligibles, luego estalló de nuevo su espasmódico reír, reír tan salvaje, reír tan continuo que parecía repetido en la circunvecina campiña por las deidades mismas de lo horrible. Viéndola tambalearse, Fabrice corrió a sostenerla, depositándola suavemente sobre el rústico asiento; sus risas callaron, poco a poco se agitaron sus miembros en los esfuerzos de la convulsión, y al fin yació desmayada.

—¡Nos había escuchado!... ¡Todo lo sabía!—murmuró el pintor como hablándose a sí mismo.

Tornóse a Pierrepont, inmóvil a dos pasos, pálido cual un cadáver en su ataúd.