—Te ruego—le dijo—que nos dejes solos.

El marqués dudó un momento indicándole con la mano a Beatriz tendida e inerte sobre el banco.

—¿Me crees capaz—le preguntó el pintor—de maltratar a una mujer, aun cuando sea tan indigna como ésa?

Fabrice entonces, recogiendo el pañuelo de su mujer, que había caído a sus pies, lo empapó en el agua de una fuente próxima y humedeció a Beatriz las sienes y el rostro. Al cabo de algunos minutos volvió en sí, paseó a su alrededor la confusa mirada, fijándola luego sobre su marido, y un sordo gemido, con el movimiento súbito de sus manos para cubrir los ojos, atestiguaron que volvía a la vida, que recobraba la posesión de la terrible realidad.

—Beatriz, si una explicación te es demasiado penosa en estos momentos, la aplazo.

—¡Oh, no... en seguida!—murmuró ella.

—Además, no será larga—añadió Fabrice—, porque, si no me engaño, todo lo sabes... Tus nervios te han denunciado... ¿Has oído, no es cierto, mi conversación con Pierrepont en el taller?

Hizo ella un signo afirmativo.

—¿Sabes, entonces, por qué razones he querido evitar el escándalo de un duelo?... ¿Sabes que, para salvarte de toda tacha personal, y que, además, podría caer de rechazo sobre mi inocente hija?...

Beatriz repitió su signo de afirmación.