—Como comprenderás, esta precaución resultaría completamente ilusoria si salieses de casa de tu marido el tiempo que me resta de vida, porque eso equivaldría a revelar al público lo qué a mí y a ti nos importa tanto ocultarle. Esta situación será para los dos extremadamente difícil, sabiendo lo que uno y otro sabemos y teniendo que tolerarla por tres o cuatro meses; mas, puesto que yo tendré valor para sufrirla, también tú tienes que tenerlo.

—Me someteré a lo que quieras.

—Para confortarte durante ese trance tienes el consuelo de pensar que pronto serás dueña de tus acciones... y que pronto también podrás entregarte al hombre por cuya salvación hacías votos mientras que nos batíamos.

Beatriz no respondió.

—Para acabar—añadió Fabrice—, creo que no tengo que imponerte un plan de conducta durante ese breve período;... Supongo que no olvidaréis ni tú ni el marqués de Pierrepont el respeto que se debe a un hombre cuyos días están contados.

Y, una vez pronunciadas estas palabras, la dejó dirigiéndose al taller.

Beatriz permaneció todo el día en aquella fatal avenida, ya caminando inconscientemente, ya sentándose anonadada sobre el banco... Pero, ¿era realmente ella la que allí se encontraba?... ¿Era ella la causa de todos estos horrores?... ¿Era ella, Beatriz, la que acababa de recibir, y mereciéndolo, ¡ay!, el sangriento ultraje que le dirigiera su marido... y que no había osado negar?... Porque era evidente que durante el combate en que aquél jugaba su vida contra la de otro hombre, no era por su consorte por quien ella temblaba... Era notorio para su conciencia que había cometido el crimen, en un arrebato de pasión, de afirmar la mano temblorosa del marqués, y que, al ver a su marido bajo el imperio de una sentencia de muerte, su primera sensación fue la de una alegría feroz... Ella supo entonces, la desventurada criatura, como otras tantas lo supieron antes, hasta qué grado la pasión puede falsear y pervertir las almas más nobles y más puras, cuando se la deja reinar en absoluto sobre la razón, la voluntad y el honor.

XV

honor de artista

Han pasado varias semanas. Corre el mes de agosto. Beatriz y Pierrepont no han vuelto a verse. Por un escrúpulo que los dos comparten han evitado toda comunicación por escrito. Beatriz sabe únicamente que, contra su costumbre, el marqués pasó el verano en París, y aquélla presume que Pierrepont aguarda sus órdenes.