Cierta mañana Pedro recibe de su amante este billete:

«Te conjuro a partir para Glion. La señora de Aymaret está allí todavía. Confíaselo todo. Dile que me otorgue su perdón, que el dolor me vuelve loca, que la espero.»

Algunas horas después el marqués partía para Suiza. Al día siguiente estaba en Glion, y dos después, la vizcondesa, cuyo marido hallábase restablecido, llegó a París trasladándose en seguida a Bellevue. Al verla entrar en su salón, la mujer del pintor lanzó un débil grito: «Elisa», y juntó sus manos dirigiéndole una mirada suplicante. La señora de Aymaret le abrió los brazos, arrojándose en ellos Beatriz con sollozos desgarradores.

—¡Gracias! ¡gracias!—le dijo ésta—. ¡Hacía dos meses que no lloraba!

Y cuando se hubo calmado un poco:

—¿Te lo ha dicho todo?

—Todo.

Hizo que la vizcondesa se sentara.

—¡Bueno!... ¿Y qué piensas tú? ¡Yo ya ni pensar puedo!

—Piensa—respondió la señora de Aymaret que es necesario tocar todos los resortes para salvar la vida de tu marido.