—¡Eso es imposible... él no querrá!

—¿Quién no querrá?

—¡Él... mi marido!

—¿Por qué?

—¡Porque ha empeñado su palabra!

La señora de Aymaret tomó un acento severo, casi rudo.

—Beatriz—le dijo—, si pudiera siquiera imaginarme que miras sin horror la perspectiva de tu próxima viudez, rompería contigo mi amistad para toda la vida.

—Escúchame—le replicó Beatriz—, ese horrible sentimiento que me prestas... lo he experimentado... lo he experimentado mientras jugaban sus vidas... mientras sus dos existencias estaban en peligro... y me ha perseguido... no me ha abandonado en mucho tiempo a pesar mío... Ahora... sin duda Dios no me ha dejado todavía completamente de su mano... porque ha permitido que haya podido vencer esa espantosa tentación... Ahora te juro que daría mi vida por salvar la de ese desdichado...

—¡Lo amas!—exclamó la vizcondesa.

—¡No lo amo!... ¡pero me inspira tanta lástima!... ¡tanta lástima!... ¡Es tan poco acreedor a esta larga agonía que viene sufriendo!... ¡Y la soporta con tanto valor!... ¡Y tanta mansedumbre!... ¡Soy su prisionera!... podría torturar mi alma... martirizarme... y nunca... salvo el primer momento, no ha tenido para mí una palabra de reproche, una expresión amarga... Me trata como en pasados tiempos... ¡Tanto, que hay momentos, cuando me habla, cuando me sonríe, que me parece que nada ha pasado, que me encuentro únicamente bajo la presión de una pesadilla!