—¡Es que, a pesar de todo, te ama, querida mía, y en ese caso aún no está todo perdido!
—No es que me ame... ¿Cómo quieres que sea eso?... No, es que recuerda el pasado, y se venga de mi orgullo, de mis preocupaciones de clase, de mis miserables desdenes... es que quiere probarme cómo un simple artista sabe sufrir y morir como un caballero.
—¿Cuánto tiempo queda aún para que expire el término fatal?
—¡Nada sé, porque, si no puede aplazarlo, puede anticiparlo... todo dependerá del período que dure su trabajo... en cuanto lo termine se matará de seguro!
—¿Y a qué altura está en su tarea?... ¿tú no lo sabes?... ¿No vas nunca al taller después del suceso?
—Hace algunos días hice un supremo esfuerzo de voluntad y volví a él... Allí me siento y bordo a su lado... él me deja hacer... me dirige una palabra de cuando en cuando... una palabra indiferente... ¡Oh, qué terrible cosa!
El corazón de Beatriz se abrió de nuevo y lloró largo rato en silencio.
—Te preguntaba, hija mía—repitió la señora de Aymaret—, si está muy adelantada su obra.
—Muy adelantada... el pobre no descansa un minuto... desde el amanecer se pone al trabajo... ¡estoy admirada!... ¿Cómo se puede tener cabeza y valor para ocuparse de nada con semejante preocupación?... ¡Yo ni siquiera lo comprendo!
—¿Y él parece estar tranquilo, dices?