—Sí, parece estar tranquilo... pero encanece rápidamente.
—¡Oh! es necesario salvarlo—exclamó la vizcondesa poniéndose en pie—. ¿Tú me das plenos poderes, no es verdad? ¿Apruebas de antemano cuanto intente con ese fin?
—¡Todo... absolutamente todo... y con toda mi alma, Dios mío!
—¡Pues bueno! escribe a Pierrepont, a quien daré una cita para mañana.
Beatriz se sentó en su mesa de escribir y trazó a vuela pluma estas breves líneas:
«Al marqués de Pierrepont.
«Todo lo que Elisa te pida, te lo pido yo también de rodillas.»
Al día siguiente aquél, por indicación de la señora de Aymaret, presentóse en casa de ésta. La vizcondesa presentóle la carta en seguida.
—¿De qué se trata?—interrogó Pedro con gravedad después de haber leído.
—Se trata de que Fabrice no efectúe su suicidio cuando llegue la hora... ¿Podemos contar con usted para ese objeto?