—¿Y lo duda usted?... Es como si propusiera usted a un asesino libertarlo de su propia conciencia... Pero, ¿qué puedo yo hacer en esto?... No puedo imaginármelo...

—Según mi opinión, hay que vencer dos obstáculos para llegar a nuestro fin: primero, el punto de honor de la palabra empeñada que liga a Fabrice... ¿No podría devolverle esa palabra y en términos tales que él consintiese en aceptarla?

—Estoy pronto... pero...

—¿Teme que rehuse?

—Lo temo... sin embargo, voy a intentarlo, y con toda sinceridad, según va usted a verlo.

—No esperaba menos de usted... El segundo inconveniente que tendríamos que dominar es la convicción en que debe estar Fabrice de que si sobrevive le encontrará siempre entre su mujer y él... porque ha de estar creyendo que ella y usted aguardan su muerte para efectuar un matrimonio... Pues bien, el único medio de desengañarlo es volver a nuestro antiguo plan de casamiento con Ketty, poniéndolo por obra en el más breve período de tiempo posible. ¿Consiente usted?

Después de una pausa para reflexionar.

—Su amiga de usted—preguntó Pierrepont—, ¿desea ese matrimonio?

—Desea y aprueba todo lo que pueda sacarla del infierno en que está metida.

—¡Pues bueno! obedezco... me iré mañana... si no hay vapor en nuestros puertos marcharé a tomar uno en Inglaterra... Esta noche le mandaré la carta para Fabrice... se la entregará usted en tiempo oportuno... Adiós, señora...