—¿Y bien?
—¡Tengo esperanzas!—le contestó su amiga.
—¿Es posible?—contestó Beatriz y arrastró a aquélla al salón.
La señora de Aymaret relatóle entonces todos los detalles de su entrevista con Fabrice, procurando persuadirla y persuadirse a sí propia de que la impresión que le había producido era favorable, pero la noticia del viaje repentinamente proyectado por su marido, aterró a Beatriz.
—¡Eso es el suicidio!—dijo a su amiga con sorda voz.
—¿Y la de irse si está decidido a darse la muerte?—objetó la de Aymaret.
—¿Quién sabe?... Por evitar tan tremendo espectáculo a su hija... Tal vez por evitármelo a mí misma... Quiere ser generoso y magnánimo hasta el fin...
—Te aseguro—le dijo la señora de Aymaret—que el lenguaje que ha usado me ha parecido sincero... Antes de fijar su decisión en asunto tan grave quiere reflexionar con tranquilidad, lejos de las recuerdos, de las emociones que pudieran perturbar sus ideas...
Aquí llegaban de su conversación, cuando fueron interrumpidas por Marcelita, que entró en la sala como un torbellino; presentó sus frescas mejillas a la señora de Aymaret, y volviéndose a Beatriz le preguntó toda sofocada:
—¿Es verdad que papá se va?