—¿Quién te ha dicho eso?

—Enriqueta, a quien le ha prevenido que le haga su equipaje.

—Sí, se va mañana... su trabajo lo ha fatigado mucho... los médicos le recomiendan un poco de distracción.

—No quisiera que se fuese—dijo la niña—, si lo permites voy a ayudar a Enriqueta para que no se le olvide nada.

—Yo misma voy dentro de un momento... anda, hija mía.

Marcelita se fue corriendo. La señora de Aymaret se levantó para marcharse.

—¡Si te imaginases cuánto estoy sufriendo!—le dijo Beatriz—. No se hace un movimiento, no se pronuncia una palabra en esta casa que no sea para mí un martirio... ¿y vas a dejarme sola?

—Sí, te dejo, hija mía... pero mañana, desde muy temprano, me tendrás aquí. Debo dejaros solos en estas últimas horas... Os abandono a la inspiración de vuestros corazones... ¡Hasta mañana!

Se besaron, y la vizcondesa se alejó.

Beatriz subió a las habitaciones de su marido para vigilar los preparativos del viaje. La doncella le participó que Fabrice había ido a París, pero que volvería para comer.