La mujer del pintor pasó el resto del día vagando por el jardín. Hacia la noche entró en el taller. El vacío que habían dejado los terminados recuadros daban un aire de abandono, de soledad, de tristeza solemne. Beatriz permaneció allí hasta la caída de la tarde pensando en cuanto una grande inteligencia, una grande alma dejara allí de su pensamiento, de dolores.
De pronto una idea le asaltó: todo había acabado; la pretendida excursión de Jacques a París no era más que un pretexto; su marido no volvería; voló a sus habitaciones; Jacques había vuelto.
Se sirvió la comida. Fabrice se hallaba tranquilo, pero más serio, más distraído que de costumbre, y al mismo tiempo más hablador; diríase que tenía miedo al silencio. Hablaba del decrecimiento de los días, de la hermosura de aquellas otoñales tardes, de la belleza de los paisajes suizos, de la impotencia del pintor para fielmente reproducirlos.
Después de la comida bajaron al jardín. Aunque ya en sus comienzos el otoño, la noche era templada y magnífica bajo un cielo tachonado de estrellas. Había aún claridad suficiente y Marcelita corría tras de su aro por las angostas calles que rodeaban la fuente. Placíale a la niña dar esta muestra de habilidad a su padre, quien, sentado en un banco, la miraba... ¡y de cuando en cuando también miraba al cielo!... Beatriz, anonadada, habíase sentado también a algunos pasos de distancia, oculta entre la sombra de los árboles.
Al cabo de un instante, Fabrice exclamó:
—¡Marcela!
—¿Qué, papá?—y vino corriendo.
—Tengo miedo que te resfríes... es necesario irse a dormir...
—¿En seguida?
—Sí, te lo ruego, vida mía.