—Bueno, me voy, papá.

—Dame antes un beso...—y tomó a la niña entre sus rodillas.

—¡Así me gustan las niñas!... ¿Tú me prometes ser siempre buena, es verdad?

—Te lo prometo.

—¿Aun cuando yo no esté ya aquí... aun cuando esté fuera?

—Sí... pero, ¿por qué te vas, papá?

—¡Tengo tanta necesidad de reposo, pobre nena mía!

—¿Por qué no me llevas contigo?

—¡Ay, si pudiera!...—murmuró Fabrice.

—¡Anda, llévame, papacito!