—¡No es posible, alma mía!... ¡Anda... vete a dormir!...
—¿Te vas por mucho tiempo?—continuó la niña.
—Por... alguno... Todavía no lo sé fijo... ¡Anda... anda a dormir, hija mía!
Jacques dio un beso a aquel querubín.
—Presente o ausente—le dijo—, me querrás siempre... te acordarás de mí, ¿no es cierto?
—Siempre... siempre... te lo prometo.
Lo dejó, para ir a dar un beso a Beatriz; en seguida, volviendo a su padre, a media voz:
—¡Papá! ¡estás llorando!
Detuvo a la niña por la mano; hubo un silencio; después Fabrice con grave acento:
—¡Ama también a tu madre!