Y la niña se alejó pensativa entrando en la casa.

Al instante mismo Fabrice oía un gemido, y Beatriz, saliendo de las sombras, se echó a sus plantas, sobre la arena de la avenida.

—¡Te suplico, Beatriz!—le dijo en tono de dulce reproche procurando levantarla.

—¡Ah!—exclamó la sin ventura a través de sus lágrimas—, ¡el Cristo perdonó!

—Y yo te perdono... ¿No acabas de oír lo que he dicho a mi hija?... No ignoro cuánto has sufrido en estos últimos tiempos... y hay además en la vida circunstancias en que la indulgencia se impone... Levántate... Siéntate a mi lado.

Desconcertada, estupefacta, se sentó en el banco al lado del marido.

—Beatriz—le dijo—, te doy mi perdón... ¿Qué más deseas? Habla.

—¡Deseo... que vivas, Dios mío!

—¿Estás segura?... ¿Estás bien segura de que no me despreciarías mañana si yo cediese a tus ruegos?

—¿Despreciarte?... ¿Por qué?... Pues que, ¿no sé que eres libre, que te han devuelto tu palabra?