—¿Y no te dirías alguna vez, Beatriz, que otro en mi lugar se habría mostrado más escrupuloso sobre el punto de honor?

—¡Pero, por Dios, no acabes de matarme... ten piedad de mí!... ¡Esto es horrible!... ¡Yo que te amo tanto, Dios mío!... y que ni aun me atrevo a decírtelo... porque creerías que miento para salvarte de la muerte... y, sin embargo... aquí delante de Dios... te juro que te amo... ¡oh! te lo juro.

Y deshecha en lágrimas levantaba desesperadamente sus brazos al tachonado cielo.

Hubo un largo silencio solamente turbado por el rumor de sus gemidos... Luego Fabrice, con voz hondamente conmovida:

—¡Te creo!

Ella tomó sus manos.

—Sí, esa palabra que tanto ansié de tus labios... al fin la he oído... y el corazón me dice que es sincera... ¡Me amas!... ¡Oh cielos, desatad sobre mí vuestros rayos!... ¡que ni aun por eso os negaría mi adoración!... ¡mi adoración por este momento tanto tiempo anhelado!... ¡tanto tiempo soñado!

Ella besaba sus manos llorando.

—Beatriz—le dijo, desasiéndose suavemente—, todo esto era para mí tan imprevisto.... que ya ves... he perdido la calma... casi la razón... Deja que me recoja un poco en mí mismo, te lo ruego... Desconfiarías con fundamento de mi resolución tomada bajo el imperio de emoción semejante... Ven, vuelve a tu gabinete... Vendré a buscarte dentro de un momento y entonces hablaremos seriamente.

Beatriz se apoyó en el brazo que él le ofrecía y la condujo hasta el primer escalón del peristilo, y como aquélla dudase en separarse de él, Jacques la atrajo hacia sí y besó sus cabellos.