—¡Hasta dentro de un momento!—le dijo.
Beatriz se sentó en el salón cerca de una ventana abierta mientras se alejaba por el jardín. Paseóse Fabrice en él largo tiempo, a lento paso. A veces su silueta se desvanecía entre los árboles, y entonces de pie, aterrado, hasta que su sombra salía de las tinieblas... Hacía algunos minutos que lo perdiera de vista; de pronto un relámpago siniestro iluminó los vidrios del taller, y el ruido de una detonación rasgó el silencio de la noche.
La triste esposa extendió los brazos, dio un grito y cayó desplomada.
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Fue la señora de Aymaret mandada a buscar en seguida, quien encontró sobre la mesa del taller, y entregó a Beatriz, estos cuatro renglones:
«Beatriz, hubiera querido evitarte este duelo... pero habría creído ser débil al ceder... Sí, creo que tu corazón al fin se ha abierto al mío, creo que me amas... Pero, ¿continuarías amándome mañana?... ¿Debiendo mi vida al hombre que me ultrajó tan cruelmente?... Lo dudo, y muero.»
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La verdadera causa del suicidio de Jacques Fabrice, jamás se sospechó. Los diarios anunciaron que el desdichado artista había muerto por accidente, descargando sus pistolas en vísperas de un viaje.
Beatriz entró en religión en los Benedictinos de Auteuil, donde ella misma pudo acabar la educación de Marcela, cumpliendo así piadosamente las últimas voluntades del artista.
FIN