—Sí, ya sé lo que vas a decir... y de antemano te prevengo que en esta materia no hay más que tres cosas acerca de las cuales pueda tenerse una aproximada certidumbre... a saber: familia, dote y figura... En cuanto a lo demás, es necesario entregarse piadosamente a la Providencia... si tienes en cuenta que no está todavía en uso de tomar las mujeres a prueba como los caballos... por más que se anuncia una ley estableciendo el divorcio absoluto... lo que será principiar a andar aquella senda... Pero, vamos, para salir de generalidades, a mí me parece que si yo hubiera sido hombre habría amado locamente a la señorita de Alvarez... ¿No te dice nada la señorita de Alvarez?

—Me dice demasiado, tía... Tiene una pupila demasiado incandescente para mis gustos... dicho sea con el respeto debido... Venus Ciprea... etc., etc.

—¡Bah! ¿Qué sabes tú? Nada hay más engañoso que esos ojos... debías tener experiencia a tu edad... Generalmente, los azules son los peores... Y esa adorable americanita, miss Nicholson... un querubín con tres millones de dote... y esperanzas.

—Es hermosa, tía... Solamente que anda como un hombre... y después, ¿no le parece a usted que tanto ella como su papá, tienen así como un vago olor a petróleo?

—¡Qué tontería! En fin, tomemos nota de ella, de esta encantadora miss Nicholson... ¿Y la deliciosa rubia, la señorita Lahaye?

—Muy bien también, tía... pero su padre vende vino... ¡eso es grave!...

—¡Sí, pero vende mucho! ¿Y qué me dices de la señorita de Aurigney? ¡qué radiante hermosura! ¡y tan distinguida!

—Muy distinguida, sin duda... ¡pero tan glacial!

—¡Magnífico! ¡ahora salimos con lo glacial! Hace un momento era Venus quien te asustaba... ahora es lo contrario... ahora es el hielo... ¡pero, entonces, hijo mío, tienes miedo de todo!... ¿qué significa esto, caballerito?

—Confesad, mi querida tía, que la señorita de Aurigney parece un sorbete.