—¡Tú sí que pareces un sorbete! Acabaré por creer que tus dificultades reconocen por causa una resolución tomada de antemano.

—Pero, mi buena tía, usted me pide que le manifieste mis impresiones, y así lo hago lealmente.

—Sí, pero es que encuentras objeciones a todo, y objeciones casi siempre pueriles.

—Es únicamente para hacer reír a usted... tía...

—¡Mira que la cosa no me causa risa!... vamos, y la señorita de Chalvin... un poco aturdida quizás... ¡pero tan elegante, tan encantadora!

—Y sobre todo tan bien educada, tía... ayer decía su madre refiriéndose a ella: Mi hija tiene un excelente carácter; verdad es que ni su padre ni yo la contrariamos nunca... es un caballito desbocado... cuando se abandona la brida nada la contiene.

—Su madre es incapaz... mas como no te vas a casar con ella... En fin... llegamos a mi predilecta... ¡una perla, hijo mío!... No, lo que es a ésta no permito que la critiques... ¡La señorita de La Treillade!

—Ciertamente, tía, es sin duda alguna lo mejor de la colección...

—¡Ya lo creo! Rostro de virgen... instruída, inteligente, modesta... no digo ella; su misma institutriz es una persona ejemplar... una verdadera perfección... Créeme, dedícate a estudiarla... ¡obsérvala, hijo mío!

—Se lo prometo a usted, tía.