—¡Oh! cuénteme la historia del peluquero... cuéntemela.

Mariana titubeó un momento.

—No, mi cara Eva—añadió Mariana riendo—: ésta es realmente demasiado salpimentada.

—¡Se lo ruego, querida mía!

—Pues bien, ese peluquero... pero no... mi buena Eva... decididamente... es demasiado... no puede pasar... La dejaremos para una de esas noches en que se nos va un poco la mano en el champagne.

Pasaron cerca de un rosal. Mariana cortó una rosa y se la puso en el pecho.

—¿Y ese pintor que llegó ayer, qué le parece, Eva?

—Tiene buenos ojos y algo de genial en la fisonomía—respondió la interpelada.

—Sí, pero sin distinción—arguyó la niña, haciendo desdeñosa mueca—. El otro... ese sí... el amigo Pedro... ¡ese sí que quisiera yo encontrármelo una noche en cualquier rincón del bosque!

—El encuentro sería un tanto peligroso—objetó Eva.