—Donde no hay riesgo, no, hay deleite—apoyó Marianita—. Entre paréntesis, ninguna lástima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha dado su corazón... etc. Digo, así se dice, yo no sé si es verdad... lo que sí sé es que se ven casi todos los días... con este pretexto... y con aquél... y con el de más allá.
—Parece que no es muy dichosa con su marido la pobre vizcondesa, ¿es cierto?
—¿Qué mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qué bien se entienden los Laubécourt, que son nuestros compañeros de temporada.
—Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro... ¡mire usted que algunas mañanas en el almuerzo!
—¡Algunas mañanas! ¡Y peor algunas noches!
—¿Cómo así?—preguntó Eva.
—Pero, querida, mía, ¿no sabe usted las causas de sus desavenencias?... El señor de Laubécourt tiene pasión por los niños, en tanto que a la señora la horrorizan... y tiene razón, a mi entender.
—¡Oh! ¿por qué, amada mía?
—Primero, porque nada hay más incómodo ni más enojoso que esos muñecos para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los niños, es sabido, son los verdugos de la belleza.
—No comprendo, Mariana, ¡a mí me parece...!