La señora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, sentía viva admiración por los talentos de Jacques Fabrice. Poseía la vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerábase orgullosa. La llegada del artista a los Genets despertó en ella ardiente curiosidad, y le gustó el hombre por su modesto continente y su grave melancolía. Constantemente preocupada de la situación penosa y precaria de su amiga Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de Sardonne, había demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura a la acuarela, y la señora de Aymaret se dijo que Fabrice podría darle algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando así vida a sólidas aptitudes que podrían asegurar tal vez a la huérfana una existencia independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a todo, aceptó la idea con algún interés.

—Pero—objetó a su amiga—, ¿cómo pedir semejante favor a ese caballero?... Yo nunca me atreveré.

—Podrías—replicóle la vizcondesa—rogar al señor de Pierrepont que se encargara de hablarle.

—No—dijo Beatriz—; el señor de Pierrepont podría disgustar a su tía dando ese paso.

—No me parece que la epidermis del marqués sea tan delicada por lo que se refiere a manías de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que tú procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasión se te presente... ¿Quieres que yo le hable al marqués?

—Me harías un gran favor.

El mismo día que ocurrió esta conversación, la banda de invitados fue a visitar cierta estación termal próxima a los Genets. Pierrepont se había quedado en el castillo pretextando una ocupación cualquiera, y como la señora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges, atravesando el vecino bosque, advirtió que Pedro se hallaba desatando una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.

—¿Cómo vamos?—díjole la vizcondesa, haciéndole con su sombrilla señas de que se acercase—. Tengo que hablar a usted.

—Escuchar es obedecer—respondió Pedro alegremente.

—Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y tomar algunas lecciones del señor Fabrice durante su residencia aquí... ¿Se puede contar con los buenos oficios de usted?