Pierrepont reflexionó algunos segundos.

—Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con los de usted, sí... Dicho se está que estoy enteramente a la disposición de usted y de la señorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado mío, estoy seguro que usted se abstendría de pedirle cosa que podía tener los visos todos de una semi-imposición... mientras que si usted misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Está sacando un croquis al pie de la cascada, allá abajo... ¿Quiere usted venir conmigo?

—¿Embarcada?—preguntó la señora de Aymaret.

—¡Embarcada! ¿Por qué no?... es a cinco minutos de aquí... Si es el tête-à-tête lo que asusta a usted, no será largo... Otros hemos visto peores, créalo usted... Por otra parte, así queda usted a dos pasos de su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.

—¡Vamos, pues!

Y apoyándose en el brazo de Pierrepont, saltó con ligereza a la canoa.

Pedro tomó los remos, puso aquélla en movimiento y, abandonándola al hilo de la corriente, se dejó ir suavemente.

Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. Únicamente habíase practicado acá y allá algún ligero claro para comodidad de los aficionados a la pesca. Además, se deslizaba en silencio bajo arcos de verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar tal cual dorado, tembloroso rayo.

Después de un momento de silencio, Pierrepont interpeló bruscamente a su compañera en ese tono, medio serio, medio irónico, que era de uso entre ellos.

—¡Señora de Aymaret!