—¡Mi querido amigo!

—¿Sabe usted que quieren casarme?

—¡Es natural!

—¡Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy desalentado!

—¿Por qué?

—¡Porque cuanto más observo, más me convenzo de que ya no hay niñas honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!

—¿Qué ha dicho usted?

—Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase... es una especie desaparecida.

—¡Perdone usted!—repuso la señora de Aymaret—. ¿A mí se atreve usted a decirme eso?

—Bien sabe usted que a usted la exceptúo... Usted ha nacido virtuosa, es su complexión de usted, pero... es una complexión rara.