—¡Ah! perfectamente—replicó la vizcondesa—, así nos juzgan ustedes... ¡no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido así como hubiera podido nacer tuerta... no hay mérito porque no ha habido ni tentación, ni lucha, ni nada... ¡Ay, Dios mío! ¡qué duro de oír es eso, y cuán ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!
—¡Querida vizcondesa!—murmuró Pierrepont, conmovido por el sincero acento de aquélla.
La señora de Aymaret prosiguió diciendo en contenida, aunque vibrante voz:
—No puede llamarse una traición que yo hable de los detalles de mi vida íntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted sabe que si jamás una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa mujer sería yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que mañana se diga... «Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la madre fue una mujer honrada... una digna persona...» ¿Y usted cree que resignarme a esto me ha sido fácil... no es verdad?... Me ha sido fácil porque es mi temperamento... porque he nacido así... sin pasiones y sin debilidades... ¡Ay, Dios mío, Dios mío, y lo cree usted!... ¡lo cree usted! ¡usted!...
—¡Señora!—balbuceó el marqués con emoción y dificultad—; sería en mí una necedad insigne pensar siquiera... por más que halagase mi amor propio... Sin duda he comprendido a usted mal...
—¡No!—continuó la vizcondesa con mayor vivacidad aún—. Me ha entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la corte... No sé si usted me amaba entonces... en cuanto a mí, lo amaba a usted... y... lo amo todavía... lo confieso a usted atrevidamente... y lo confieso a usted porque mi franqueza no tendrá consecuencias... Honrada soy y honrada seré, por mis hijos... Así, pues, crea usted... crea usted... que nunca seré su amante... pero nunca tendrá usted una amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.
Y apartó su mirada del rostro de Pedro, enjugándose una furtiva lágrima.
—¡Déme su mano, señora!—díjole el marqués.
La vizcondesa accedió a su ruego, y él entonces, sin añadir una palabra, besó delicadamente la mano de aquélla.
Siguióse en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve murmullo del agua: Pierrepont lo rompió primero, procurando volver a la ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.