—En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido a usted sería menos difícil.
La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.
—Me gustaría—añadió el marqués con seriedad—, recibir una esposa de su mano.
—Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su nombre estuviera para caerse de mis labios.
—¿Qué quiere usted decir con eso?
—Nada.
—¿Piensa usted en alguien?
—En nadie.
—¡No es usted sincera en este punto!
—¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?