—Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y Pierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret, ruborizada—por nada se ruborizaba esta mujer adorable—, habló al pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.
—Será para mí un placer—dijo a la vizcondesa—, dar consejos a la señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o únicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre aquel particular.
—¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?
La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.
—Creo—respondió el marqués—, que la señorita Beatriz no tiene durante el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la siesta después del almuerzo.
—Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.
La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de Beatriz no hablaron ni una sola palabra.