VI

el secreto de pedro

Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa, los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de Fabrice.

Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza. La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.

—¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi permiso!—dijo a su sobrino.

—Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja usted libre.

—¡Es que puede hacerme falta a cada momento!

—¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted durmiendo?

—¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!

—¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y ésta es tan inocente!