—¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos tête-à-tête entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?
—Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de Sardonne.
—¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a proporcionar un disgusto.
Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje, ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo, donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.
Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres. Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía su incurable dilettantismo.
La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.
—¡Amigo mío!—rompió la baronesa con aire de triunfo—, me parece de más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe mi enhorabuena.
—Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me casaré con ella.
—¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?—preguntó la baronesa roja de cólera.
—Escúcheme usted, tía.