Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de La Treillade y su institutriz.
—Si antes no le había contado esto—añadió—, ha sido porque me costaba trabajo causar a usted semejante desilusión.
Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:
—Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.
—¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba—objetó Pedro.
—¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo que yo conjeturaba.
—Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha, es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro en mi hogar!
—Amado mío—replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y serio acento de Pierrepont causó efecto—, esos sentimientos te hacen honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque, dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un puro misterio?
—¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias... una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado constituya una seguridad para el futuro.
La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino, y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono: