—¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad, generalmente no tienen un cuarto.

—¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!

—¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!... verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...

—¡Tía!—exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.

—¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!

Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.

Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este aproximado monólogo:

—¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito averiguar!

Llamó, presentándose una doncella.

—A la señorita Beatriz, que venga.