Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combates que el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señorita de Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por su resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio, púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros preveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casi diariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tan sesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, y con el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado en que alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable atracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza de verídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraran los sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desde luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy lejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo y precisamente en ese mundo en que los crímenes de amor encuentran siempre complacientes jueces; además, la pasión tiene avasalladoras exigencias, y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros, presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa un consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó en el alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor y rectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose, y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplar conducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventura le había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noble sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte, esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se había forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su privado techo.

Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a la señorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su pasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y sorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.

El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan clara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, que desconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no se obscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre su pasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubre aspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimos sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguro riesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanza de su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muy precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabía lo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son las distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo; sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún, imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.

¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternuras viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y porvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de su alma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de su porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban desalentado en el umbral de sus resoluciones...

Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cual entrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez por inadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía en casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en el terrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que sus dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.

—¡Dios mío! ¿qué sucede?—decía la vizcondesa a Pierrepont que la saludaba—; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?

—¡Absolutamente!—replicó Pedro sonriendo—. Solamente vengo a pedir a usted un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento a solas?

La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.

—¡Entremos!—replicóle después.

—¿Puedo cerrar las puertas?—preguntó el marqués.