—¡Ciertamente!

Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de la vizcondesa.

—Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación que desearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esa responsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombre estaba a punto de caer de sus labios...

—¡Es posible!

—¡Dígamelo!

—¡Nunca!

—¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su amiga Beatriz?

—¿De veras?—murmuró la vizcondesa.

—No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tan serio.

Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro de la señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamente las manos de Pedro, diciendo a éste: