—¡Ah! es usted un perfecto caballero.
—¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?
—¡Ya lo creo!—replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.
—Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita de Sardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?
—Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimos secretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino, quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien acogida.
—Usted sabe muy bien que no soy rico—añadió Pedro con cierta timidez.
—Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...
Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:
—¿Qué dice de esto su tía de usted?
—No dice nada, porque nada sabe.