La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.

—Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su oposición un obstáculo invencible.

—Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad, mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento que he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.

—Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido siempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para no preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles consecuencias que para usted pueda tener su resolución.

—Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, que abriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muy irritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no es grande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de que yo soy el único representante... Fundándome en esto, no desespero de traer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes... aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en el presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no le confesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas de mejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí más ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonne acepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre en sus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bien escapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le indique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?

—Ciertamente puede usted.

—Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta... pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.

—Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esos detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque es una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejor saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla... Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.

Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable cabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas de rubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una no abrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos. Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantes empresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno de esos empleos en que se pide más la respetabilidad que los conocimientos especiales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un poco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos oficios.

—¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?