—Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta que conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que a esta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, a pesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo gran confianza... ¡tengo miedo!
—¡Hola, amiguito!—arguyó la de Aymaret riendo—. ¡Bueno, voy a darle una cita para mañana!
Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:
«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte. Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.—Elisa.»
Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al día siguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de la entrevista con Beatriz.
Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que se preparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyóla aquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquella noche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa él le trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertado continente del marqués.
—¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?—le preguntó la señorita de Sardonne.
—Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muy interesante.
—¡Ah!—exclamó aquélla—, ¿y sobre qué?
—Acerca de usted misma.