Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance de muerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielo se rasgaba para fulminarla con sus rayos.

El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en servicio de la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muy tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño, si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo, que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes en cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba no se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauron no fue más que el preludio de infernales torturas.

¡Luego era verdad!... Ese hombre que, de hacía tantos años, fuera el pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra toda vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien tardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so pena de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes sagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Pues qué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni aun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma, proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición a su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar una querella de familia cuyos resultados serían funestos para su propio elegido.

En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegaria para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día salió del castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia, allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habría podido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir que se apresta al supremo sacrificio.

Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en sus márgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasados por lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entraba radiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron por besarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a la vizcondesa, le habló en estas palabras:

—¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirte rogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...

—¿Un favor?—repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.

—Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***—y designóle una de las más aristocráticas parroquias de París.

—¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.

—Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?