—Sí.

—Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a su amabilidad: deseo ponerme al habla con él.

Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con mirada inquieta.

—Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...—díjole con emoción a la huérfana su seductora amiga.

—¿En entrar en el Carmelo?—repuso aquélla—. ¿Y por qué no?... Hace tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... ¿Qué mejor puedo hacer sino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa, si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave como éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor y de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno y de la otra...

—¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino el desaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsa bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora... pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de un porvenir más dulce, más digno... un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos! óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva para ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?

—Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no alteraré en un punto mi resolución...

—Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimo caballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamente pide tu mano.

Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría, mezcla de sorpresa y desvarío.

—¡Dios mío!—balbució en sorda voz.