—Y bien, amada mía—prosiguió la señora de Aymaret estrechando las manos de la de Sardonne—; ¿no es eso mejor que el convento?
—Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de decirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción... Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con una negativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor que me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino... otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.
—Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.
—Cierto... debo reflexionar todavía.
—Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?... ¿que no debe perder esperanzas?
—Si le dijeses eso le engañarías.
—¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano? ¡Ah!—exclamó la vizcondesa—, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas a otro! ¡Tú amas a otro!—repitió la señora de Aymaret sin sospechar qué torturas imponía a su amiga.
—Tal vez—murmuró Beatriz.
—¿No hay esperanzas, pues?
Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.