—¿No puedo saber quién es?
—¡Elisa, no insistas, te ruego!
—¡Bueno! ¡está bien!—replicó aquélla con vivacidad—, ¡antes eras más franca conmigo!... ¡adiós, hija!
Y se dirigió rápidamente a la puerta.
—¿No me das un beso?...—le preguntó la pobre Beatriz.
—¡Siempre! ¡no uno, mil!—replicó tiernamente la vizcondesa saltando al cuello de su amiga.
Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión, cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que, por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marqués exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.
La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges, fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros, insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra esos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar a Beatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamente se paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez a la de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternada fisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuese su definitiva sentencia.
—¡Que no!—se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó con fuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decía agitada febrilmente:
—Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad... ¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una gran resolución... Se va al convento... Entra carmelita... Sí, señor, carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo sabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su horrible tía de usted... dispénseme usted la palabra... Le he prometido guardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted... Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no la prevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una mala pasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...