Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profunda palidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con su pequeña enguantada mano, díjole:
—¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!
—¡Siento que mi existencia se desploma!—replicó Pedro, sonriendo con tristeza—. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo... Pero, ¿está segura de que se va al convento?
—Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es, al mismo tiempo, superior del Carmelo.
—¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?
—¿A quién?... eso es muy improbable.
—Pues entonces, ya es algo—añadió Pierrepont—, que su alma se encuentre libre.
—¡Sin duda alguna, amigo mío!—corroboró la de Aymaret—, y ahora, me parece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.
—Es lo que pienso hacer.
—¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar su partida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?