—Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece aceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigo de Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tres semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; se trata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangre real que se ha dignado designarme entre las personas que desearía lo acompañaran; me propongo, pues, partir mañana.
—¡Es lo mejor!—asintió, la señora de Aymaret.
Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse un momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento conmovido:
—No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la vista, pues... ¡mil y mil veces gracias!
—¡Dios mío! ¿gracias de qué?
—De su leal amistad... hasta la vuelta...
—¡Hasta la vuelta!
Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía al castillo.
So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señorita de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó a la suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultado la sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señora de Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosa entrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes y atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo comprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sin poder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de entera evidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un paso decisivo cerca de Beatriz... Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y el averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de su sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudiera argüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de la oposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.
De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa, mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación de espíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lord S... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir al día siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grande alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la desesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin duda alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba conjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habría sujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitación británica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de su sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertos respectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esa idea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.