Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués de Pierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de las maldiciones de aquellas señoritas.

VII

rivales

Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en las circunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días que Fabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado por una indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio cierto cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña. La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, por cuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, de que ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha, sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en su espejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo le rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante condescendencia de otorgárselo.

Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesa que había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzoso prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la convaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones que reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba a su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta del pintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con los puros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunque gruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar el beneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir a embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación a Fabrice.

Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, donde debía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada sorpresa.

—Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?—le preguntó.

—Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con las nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me había presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy halagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.

—Y tu tía, ¿qué dice?

—Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y para anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita, que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.