Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del amigo de su juventud.
Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca y penosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía del marqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y de frialdad con que aquél acogió su confidencia.
Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó por explicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sin duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y opiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de los humildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven de elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués, porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad, había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedro asomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si su amigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. El artista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas debilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin que excusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese, a pesar de ellas, el alma de su amigo.
En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribió Fabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, y al día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.
VIII
marcela
Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña de cinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre, cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. La señora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.
—Y no es extraño—añadía la señora—, porque usted también, Fabrice, tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber visto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía con usted extraordinario parecido.
—Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente que mi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.
La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en parte durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un poco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y brillante.