Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas demostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o a alguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figura las cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamente entre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró hacia la criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso breves palabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera con el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase cariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie de menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa. Jacques ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda la crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura paternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, de sequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamás comprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, de continuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de su hija, ¡el adorado encanto!

En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después de su vuelta a los Genets.

Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentado en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba un poco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él, y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre, porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada. Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje, ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de la húmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir, algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito las colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando con mimo a su padre:

—¿Te encuentras bien, papá?—le preguntaba—: yo me encuentro muy bien... ¿Verdad que es bonito el campo?

Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; la señorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano su caja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo; paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave que estremecía al pintor hasta el fondo del alma:

—¿Se quieren ustedes mucho?—preguntó.

—Somos todo el uno para el otro—replicó Fabrice poniéndose de pie.

Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:

—¿Quieres mucho a tu papá?—le dijo.

La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con un sencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.