—¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?
Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó en brazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pecho cubriéndola de besos.
Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de expansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esos cariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todas sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo el calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor bajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, lo ganó de nuevo por entero.
Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del maestro.
Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera que servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, le hizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:
—¡Qué amable ha estado usted con mi hija!—le dijo.
—¡Admira a usted eso!
—No, seguramente... pero...
—Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hasta ahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soy algunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decía usted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hace mucho que esa pobre niña perdió a su madre?
—Poco más de cinco años.